domingo, 24 de marzo de 2013

Juan Carlos Coronel "El pozo"


EL POZO

Sentado en un banco, de una de las calles más transitadas de la ciudad, una mujer, vestida con gabardina, que en origen debió
ser gris, jersey rojo, y mugrienta falda azul, luchaba a brazo partido con el abre fácil de una lata de atún, lo más llamativo de aquella
hembra, era un pañuelo de vistosos colores, que cubría sus revueltos cabellos grises. Junto a si un montón de viejos recortes de perio-
dico, hacían las veces de mantel, sobre ellos un par de botellas de tinto, a las que de cuando en cuando daba generosos sorbos. Un des-
portillado plato de cerámica , la servía para recjer las pocas monedas de los transeúntes que se acercaban.
En plena borrachera sentimental, aquella desgraciada, contaba la historia de su vida, hija de buena familia, se había educado en los
mejores colegios, su padre, Teniente de artillería, quería para la chica, la mejor formación, aquella que solo proporcionaban las monji-
tas clarisas, experta en bordados. repostería, organización del hogar, y sumisa siempre a lo que el marido dispusiese.
A los 21 años llegó a su vida, el ansiado “mirlo blanco “ un prometedor abogadito, atildado y pueril, el padre de la muchacha, encanta-
do con un pretendiente tan de su gusto, no vacilo en dar el oportuno permiso para el noviazgo. Pasos por el Retiro, visitas a las diferentes iglesias de la capital, y alguna que otra merienda, en San Ginés, constituían la rutina de la relación, acompañados siempre
por Dora, la doncella del Teniente, una carabina a medida.
En este punto, la borracha siempre hacía un alto, sus ojos inflamados de vino, se ponían vidriosos al recordar, la tarde más hermosa de
su vida, el abogadillo padecía un fuerte catarro, por lo cual, no podría acompañar a Lolita aquella tarde, la muchacha se armo de valor,
solicito el oportuno permiso paterno, para asistir a la fiesta de cumpleaños de Cuca Sotomayor, amiga del colegio. Nuestro Teniente cedió a los deseos de la niña, “ total cuatro mocosas contando trivialidades “ eximió a Dora de acompañarla.
Lolita, puntual llamo al timbre, Cuca salió al recibidor, dos besos tontitos entre las amigas, “ pasa veras que ambiente “  Lolita entro en el salón, sorprendida por la concurrencia, estuvo a punto de dar marcha atrás, un muchacho de pelo negro, ojos verdes, y manos sedosas, la retuvo, “ ¿ me concede el siguiente baile señorita ? La sorpresa y el deseo, se apoderaron a partes iguales de la chica, tomada
por la cintura, aquel joven le susurraba al oído tiernas palabras, un calor hasta ahora nunca sentido arrebolaba las mejillas de la chica.
hasta que unos labios de fuego, se posaron sobre los suyos, en un beso largo y profundo.
Los días postreros, la cabeza de Lola, fue un caos, de una parte aquel novio a medida del gusto de su padre, de otra José Luis, el chico de la fiesta, que con aduces tretas, eludía la vigilancia de Dora, para hacer llegar a la niña apasionadas cartas. Loa tomo su decisión,
metió en una pequeña maleta , algo de ropa, y se reunió con José Luis, tomaron un tren con destino a Sevilla, allí permanecieron du-
rante varios meses, hasta que Lola comunico a su novio su estado.
Sola, abandonada en una ciudad desconocida, Lola desempeño varios oficios, para salir adelante, su habilidad con el bastidor, la valió
de mucho en aquel amargo tiempo, bordaba el ajuar de una niña bien de la ciudad, su estado era ya evidente, la marquesa de Monflorite hablo con la muchacha. “ fuera, fuera de aquí pendón, a putear a la calle “.
Deambulo por las calles sevillanas, sin rumbo, durante horas, entro en una taberna trianera, pidió un vino, después otro, otro, el calor
de la bebida, y su desesperación hicieron el resto.
En la cabina de un viejo camión, regresaba a Madrid, era el precio que ella había puesto la noche anterior.
Amedrentada, pulso el timbre de la casa paterna, la puerta se abrió y una tremenda bofetada cayo sobre su rostro ! puta ! márchate
no vuelvas a poner los pies en mi casa ! zorra !
Lola dio a luz días después dejó al niño en el torno de las clarisas e inició su caída, hacia el pozo del alcor, una fría noche de enero, tratando de guarecerse de la nevada que caía sobre Madrid, se refugió en una vieja nave abandonada, , unos cartones la servían de mantas, encendió un pequeño fuego, prendieron los cobertores, en el bolsillo interior de la gabardina, se encontró un caducado documento de identidad.
Dolores Vázquez Alcázar, un pañuelo de vivos colores estaba junto al cadáver, su padre lo reconoció en el anatómico

FIN.


Maricarmen Colodrero "Elogio de las viñas"


Elogio de las viñas

¡Hip, hip, hurra por las uvas!
(Todos responden enfervorecidos: ¡Hurra!. Muchos lloran emocionados.)

Hermanos, permitidme que cante las excelencias de los racimos, su voluptuosa fragancia,
La redondez dura y tersa de las uvas que mordidas estallan en nuestro paladar como promesa de exquisitos caldos.
Hip.

¡Oh cepas divinas cuyas hojas y zarcillos trenzan el amor alrededor de lasdoradas perlas!
Hip.

¿Qué puede un simple mortal decir de esa aventura olorosa y esforzada de pisar la uva?.…
¡Oh suculento mosto!. Hidromiel de la Tierra, Naturaleza azucarada que nos da placer y fuerzas.
Hip.

¡Decidme vosotros caros amigos los innumerables nombres de los hijos  de la fermentación del líquido divino!.
Hip, Hip.

Repasad en vuestros corazones y mentes los sabores bienhechores de tantos y tantos densos licores, de tantos espumosos que cosquillean en vuestras lenguas, de tantos aromáticos y espirituosos blancos, de tantos ásperos y afrutados tintos.
Hip.

Regodearos, Fieles todos al buen vino, en la mirada vivaz, alegre e inteligente de vuestros compañeros, o compañeras, cuando comienza el festín.
Hip.

Rememorar con reverencia el momento en que la lengua se precipita a la expresión de vuestros pensamientos más filosóficos sobre todo lo que se halla bajo el Cielo o sobre la Tierra.
Hip.

Alegraos por el don de los dioses, un don que abre vuestras gargantas al cántico.Que abre vuestra  humanidad al sentimiento arrebatador de nostalgia, tristeza, o gozo
Hip.

Dejad que vuestros brazos y piernas se sometan al ritmo excitante de la fiesta.
Hip.

Abandonaos a la calidez de la fraternidad reposando la cabeza en el hombro del amigo y llorad si eso es lo que dicta vuestro corazón.
Hip.

¡Con cuanta veracidad aparecen en vuestros rostros sentimientos encomiables tras un abundante trasiego del maravilloso néctar!.
Hip.

(La multitud vitoréa, llora y se abrazan , en ocasiones presas de la lujuria).
Estoy seguro ,hip, hermanos míos, que numca, a pesar de las resacas , hip, vais a lamentar lo bebido. Tal es la nobleza y fidelidad a vuestras convicciones.
Hip.

Terminemos con los corazones plenos de agradecimiento a los dioses con un grito unánime de felicidad:
¡Que nos quiten lo bebío y lo bailao!.
Hip.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Puri Sánchez "La foto"


LA FOTO
La foto estuvo siempre encima de la cómoda en el dormitorio de sus padres. Ella, con su melena negra y rizada, él, con chaqueta y corbata y el pelo peinado hacia atrás, engominado a la moda de los años cuarenta. Entre ellos, un precioso niño de unos tres años con cara de enfadado.

A Alicia le parecía que estaban muy cuapos. Cuando era pequeña, creía que se trataba de actores de cine. Su madre le explicó que se hicieron la foto cuando estaban desterrados en un pequeño pueblo perdido en las montañas de Asturias.

Su padre se había alistado voluntario, al inicio de la guerra civil, para defender la República, porque creía en los ideales que ésta representaba. Su madre tuvo que ser evacuada al sur de España, ya que el frente se estabilizó muy cerca de su pueblo.

Los relatos sobre los horrores de la reciente guerra se mezclaban con sus cuentos infantiles. Su mente de niña   no podía entender que se mataran entre hermanos, o que “dieran el paseíllo” a alguien por denuncias debidas a deudas o envidias.

Contempla la foto, mientras toma una taza de café al calor de la chimenea. Conserva aún el marco plateado  que tuvo siempre. La gata se sube a su regazo ronroneando, buscando caricias.

Se ve de nuevo pequeña, sentada al lado de su madre, mientras intenta inútilmente enseñarle a coser, escuchando cómo tenía que ir a la ciudad, cuando llegaba el tren del frente, para ver si su padre estaba entre los heridos o muertos. Su cabecita sepuebla de imágenes de filas interminables decadáveres, apenas cubiertos por una sucia manta militar. Entre ellas, una muchacha muy joven, consumida por el miedo y el hambre, ataviada con alpargatas y una toquilla negra, retira una a una las cubiertas , con el corazón saltándole en el pecho, deseando no encontrarle.

La foto, antes en blanco y negro, ahora es de color sepia. Han pasado tantos años……

Su padre sobrevivió a la masacre, pero perdió la guerra..

De vuelta en su pueblo natal, un vecino, antes republicano y ahora franquista, le denunció y fue encarcelado. Su hermanito nació seis meses después. Desde los barrotes de la prisión  conoció a su primer hijo , con el corazón helado y la sangre hirviendo de  rabia e impotencia por no poder proteger a su familia.

El fuego de la chimenea se está consumiendo. Se levanta para avivarlo y la gata da un brinco para ir a acurrucarse en otro sofá.

Cumplidos tres años de condena, partió con su mujer y su hijo para el destierro. Encontró trabajo en una mina, mientras que ella hacía pequeños encargos de costura.





2.


Con su primer sueldo, le compró un retal azul con diminutas flores blancas  para que se hiciera un vestido. Para su aniversario de boda,ella, luciendo su nuevo atuendo, y él, con un traje prestado que le venía un poco grande, fueron con su hermanito, en un carro tirado por bueyes, al pueblo cercano en donde residía el único fotógrafo de la comarca.

Finalizó el destierro, pasó la postguerra, pasaron los años. Nacieron dos hijos más, se mudaron de casa, cambiaron los muebles.

Pero la foto estuvo siempre encima de la cómoda del dormitorio de sus padres.

Mudo testimonio de una juventud perdida.


PURI
19 de marzo de 2013
19









lunes, 18 de marzo de 2013

Juan Carlos Coronel "Las raíces"


LAS RAÍCES

En el kilometro 103 de la carretera de Barcelona, habíamos tomado el desvío por la carretera nacional 211, el viaje, lo habíamos planeado unos meses antes, aprovechando la semana santa, querías conocer el lugar en el cual tengo mis más hondas raíces.
Avanzábamos a buena marcha, en las descuidadas cunetas de la carretera, crecían descontrolados, el tomillo, romero, la azalea,
y el zumaque. El paisaje había perdido su monotonía, a izquierda y derecha del camino, pequeños cerros, que anunciaban la proxi-
midad a una zona más escarpada, los carteles indicadores, se sucedían, Anquela 15 Km, Milmarcos 8 Km,así uno tras otro.
El color de la tierra había cambiado, un tono más rojizo predominaba , hasta hacerse casi granate, el sol sacaba débiles destellos de aquel terreno, eran como pequeñas lentejuelas.
- Juan ¿ que es lo que brilla ?
-Se les llama “aragonitos “ son pequeños cristalitos, para donde puedas voy a buscarte unos pocos.
Unos metros más adelante nos detuvimos, baje, y te recolecte un par de docenas, junto con un poquito de romero. Reemprendimos
la marcha, ahora, eran los pinos resineros, los que flanqueaban la ruta, los testeros colgaban de los troncos, que poco a poco lloraban
su resina.
Marchábamos por una larga recta, al fondo, se empezaba a vislumbrar la silueta de la torre de Aragón, y el castillo, con sus tres torres almenadas, en el centro la más esbelta denominada “ torre del homenaje “a nuestra derecha , tendido a los pies de la fortaleza, se le-
vantaba el pueblo, tejados a dos aguas, viejos palacios, el “ Giraldo, y la torre de Santamaría era lo que más destacaba. Estacionamos a la sombra de un añoso olmo, y nos dirigimos al Hostal en el que habíamos reservado habitación. Una mujer de edad indefinida nos re-
cibió en un amplio portalón
-Buenos dias, tenemos una habitación reservada a nombre de Juan Carlos Coronel
-Me muestra su D N I por favor. La mujer tomo mi documento y saco y gastado dietario, miro la foto, me miro a mi con detenimiento
- Coronel, ¿ no serás familia de Domingo Coronel
- Si su nieto soy
¿ el hijo de Mariano ? el que marcho a la Argentina
- El mismo, ella es mi mujer
- Hay que alegría hijo Virgencita de la hoz que alegría. ¿ y tus padres ?
- Bien, mi padre me recomendó este hostal
- Pasad, esta es la llave,
La habitación era amplia, un hermoso ventanal, por el que entraba el sol a raudales, tenía una hermosa vista del castillo. Colocamos la ropa en el armario, nos aseamos y nos dispusimos a salir.
Ascendimos por el paseo de “ Los Adarves “ hasta llegar a la “alameda “, torcimos a mano izquierda, la Plaza de San Francisco, con su iglesia románica, descendimos por una estrecha calleja, a nuestra derecha el convento de las clarisas, a la izquierda, enfrente, “La Subalterna “, antiguo palacio de Dª Blanca de Molina. Nos detuvimos ante el numero 7, fachada ocre,un par de rosales en el balcón
recia puerta de roble con aldaba de hierro.
-Aquí nació mi padre Ana
-Me gusta esto Juan es un pueblo con sabor, ¿ Como estas ?
-Bien Ana bien, lo necesitaba
- Por eso insistí tanto, Juan el pasado pisado, no hurgues más , aquello fue una barbaridad todos salimos mal
- Unos mejor que otros
- Mira que eres burro, anda vamos a tomar una caña que estoy seca
- Vamos, se un bar que ponen una sepia cojonuda
Así, he ido cerrando la vieja herida, de un pasado añejo, que espero que no se vuelva a repetir, no hubo ni vencedores , ni vencidos.
todos los españoles perdimos aquella guerra absurda e insensata.

FIN


sábado, 16 de marzo de 2013

María Dolores León "Entrevista de trabajo"


ENTREVISTA  DE TRABAJO
María D. de León      
                                            Madrid, marzo 2013                                               

            La luz del  ventanal recorta su silueta; a mi me deslumbra. Me azora la mirada del hombre que siento sobre mi.  Como un ciego, al tresbolillo, le recorro el contorno de la cabeza, intentando atinar con sus ojos.
            Pulsa un timbre: “Pellicer, el candidato puede pasar a la fase  práctica”.  Deduzco  que la entrevista  ha llegado a término.
             Un individuo de gris  se materializa a mi lado. Con un gesto   indica que le siga. Impresionado por la aparición,  no reacciono a tiempo para  despedirme del entrevistador.  ¿Afectará este fallo a  la valoración final?
            Abotono el blazer y mano en el bolsillo, pulgar fuera,  impecable,  voy tras él.  Hugo Boss avala mi aplomo.
             Enfilamos  un pasillo en penumbra. Bombillas polvorientas, como pequeños ahorcados penden del techo guiñoteando  a punto de exhalar el último vatio.  Las paredes exudan humedad; huele a mingitorio. Torcemos   a la derecha y a la derecha de nuevo. Nos detenemos frente a una puerta:
“1 - Sexadores de pollos”
-- Tiene diez minutos para clasificar, mínimo,  veinte ejemplares.

            Oleadas  de  gremlims limoneros palpitan  cubriéndolo  todo. ¡Que agobio!  El pio-pio ambiental me aliena. Plumas impalpables doran el aire. Estornudo, toso: me ahogo. ¿Será alergia? Con esfuerzo espulso una especie de pelotita de badminton coronada de plumón amarillo.  Improviso una mascarilla atando el pañuelo  tras las orejas. Estoy perdiendo el tiempo. ¡A ver, espabila!  
            A la mente me viene un programa o  anuncio de la tele. El sexador, sin mirar, introducía un  dedo por el culo del animalejo. De inmediato deducía uno tras otro, a toda velocidad el sexo y los echaba   en  sendas cajas.  Debe ser muy obvia la diferencia entre pollo y polla.
            Este pollito paliducho va a ser el primer  rescatado de la  inconcreción  sexual.  El  dedo morcillón no entra.  Insisto.  Empujo.  Empujo  más... Ya cede: la uña asoma por el pico.  Al retirar la herramienta de palpación arrastro tripas y vísceras del extinto.  Horrorizado, de una patada,  hago desaparecer el cuerpecillo del delito bajo el banco de trabajo.
            El tiempo pasa. Corro a  probar  con otro y con otro y con otro: mismo resultado. Las piernas me flaquean y el sudor se funde con las lágrimas. Me veo como un asesino culpable de  violación infantil. Sin mas resultados que muertitos  a mis pies, solo dispongo de 59 segundos. Con tantos bichos no creo que  echen en falta unos pocos.¿O llevarán un chip?  A voleo pongo siete individuos en un cajón y trece en otro. Justo a tiempo.
            El hombre gris observa la selección. Con una ceja escéptica me  tiende un kleenex húmedo y sentencia: “A voleo ¿verdad? Más   cinco cadáveres.” Me siento como un conejo en un cepo. Abochornado bajo la cabeza  y callo. Con la toallita  froto las manchas de la corbata de seda natural: las salpicaduras  empalidecen.   ¿Podrán en la tintorería rescatar el Hugo Boss?

             “¿Quiere usted pasar a la siguiente?” Asiento con la cabeza.

 El rótulo indica: 2 --  Mamporreros
            “Se le dará la prueba por válida si llena una de las probetas. Dispone de treinta minutos.”
            Dada la experiencia anterior, me quito la corbata, la chaqueta y me remango; sólo me faltaba perder los gemelos…
            Los recipientes parecen   de medio litro. Un buey de aspecto torvo    y un burro cabezón me vigilan  de reojo.. Les sonrío para  infundirme confianza. Hay que moverse despacio: los animales podrían espantarse.
Con la tranquilidad del donante avezado, estos dos sopesan mi actitud.
El burro  parece más asequible. Le palmeo las ancas, arrastro  la caricia  hacia la panza. La verga está casi a mi alcance… ¡Ay! Con un hábil quiebro me ha coceado. Un rebuzno a destiempo previene de sus intenciones. ¡El muy cabrón..! Persevero colocándome  de lado, fuera del alcance de la coz. ¡Ay!, me ha mordido, el muy… Pero he logrado asirle el aparato.  Un mínimo de presión hace manar en abundancia  un  líquido cálido.   Lleno el tubo.. Por lo visto, ya domino la técnica.
             Resuelto,  me dirijo hacia el buey “voyeur”. No nos ha quitado  ojo al asno y a mi.   Yo diría que se le ha alargado el miembro. Mejor, más fácil de atrapar. Un chorro de metano a presión, tibio,  me golpea  el pecho.   La sorpresa del impacto frena el acercamiento. No quiero venirme abajo, la prueba está prácticamente superada. Lo  del bovino es para consolidar.  Una idea inesperada y amenazadora  me asalta: este trabajo no está hecho a mi medida;  le doy esquinazo.
            La pestilencia ha roto el ambiente de cordialidad. ¡Acabemos! Resuelto, le agarro el órgano. Un líquido, similar al del borrico,   brota  con generosidad. Este también lo …. ¡Qué haces…! Los zapatos italianos de las grandes ocasiones desaparecen bajo una masa espesa marrón,que apesta… Sujeto con fuerza el recipiente con el precioso fluido. De milagro no se ha derramado.  ¿Cuanto puntuará esta prueba?.
            Puntual, el controlador asoma. Al ver  mi penoso estado saca, sin disimulo, un pañuelo y se tapa  boca y nariz. Firme el ademán, le muestro con orgullo el fruto de mis padecimientos: dos probetas llenitas de un precioso líquido transparente, color ámbar, listo para inseminar. 
            Más circunflejo que antes vocaliza despacio: “Orines”.
            He llegado al límite; no puedo más.  Derrumbado contra  la pared, la cabeza entre los brazos  rompo en sollozos.
            Pellicer, que después de todo no parece mala persona, pretende consolarme a distancia. Sus palabras me llegan distorsionadas por el pañuelo: ”Pamo,  pamo, no llore. Ahoda se pa a casa, se tá una puena tucha y mañana si quiede continuamo la pruepa. Uté no tiene ni itea tel trapajo, pedo lo compensa con  mucho etómago y voluntá.  Nosotro palodamo el esfuedzo te superación pedsonal. Mañana potría pasá la pruepa destante. Quizá en alguna  se encuentre más cómoto: Analista te pentositate tel ganato; Inspectó te estiédcole; Inspectó te Alcantadilla…”

            -- ¡Nooo, nooo, noooo. Antes  muerto.!

            -- Buenos días hijo ¿Tuviste anoche una pesadilla? Me pareció oírte gritar. Anda, date prisa, no vayas a llegar tarde a tu entrevista.  ¿Sabes  qué puestos ofrecen? Te he planchado  el traje oscuro. Los zapatos esos que tanto te gustan, brillan como espejos. La corbata  de la boda de tu hermana va muy bien con esa camisa de gemelos.

            Salgo de casa con el pie izquierdo.  El estómago se contrae agorerro.  La mano,  triste, acaricia la corbata de elefantitos  obsoletos.: la chaqueta de  Hugo Boos ya no me cruza.  Las puntas respingonas de los zapatos  les imprimen un aire aflamencado.  El disfraz  ha perdido su magia.








miércoles, 13 de marzo de 2013

Maricarmen Colodrero "Bocetos"


Bocetos
La impedimenta de una dibujante es ligera. Un block de pastas duras con hojas del papel adecuado, varios lápices, un difumino y un sacapuntas se llevan con comodidad en un bolso ancho colgado en bandolera.
Las horas intermedias de la mañana madrileña son ideales, porque la claridad envuelve los volúmenes sin que los contrastes lumínicos sean excesivos.
Mis ojos la habían percibido hacía un rato, pero tardé unos momentos en ser consciente de la mujer que unos metros delante de mi arrastraba un cajón de madera. Llevaba un gran bolso colgado del hombro izquierdo, pero lo que me llamó la atención fue la cadencia, casi de rumba, de su paso, que proyectaba ligeramente hacia fuera cada una de sus caderas. Me sorprendí pensando cómo podía hacerlo mientras tiraba del cajón.
Se detuvo al llegar  a una bocacalle  de la Gran Vía.
Desde la acera de enfrente de la misma calle, estuve observando y dibujando.
Situó , lo que sin duda iba a ser su asiento, es decir el cajón, muy cerca de la esquina.
Se había liberado del bolsazo . Los hombros y las caderas eran lo más parecido a dos perchas de las que colgasen unos trapos livianos, de esas perchas de alambre xobre las que cualquier prenda sólo cuelga.
La falda era de tonalidades color ala de mosca y en ciertos sitios como si en algún momento de su larga vida hubiese sido marrón. Por debajo de la falda aparecían unas piernas excesivamente pálidas y delgadas que terminaban en unas botas de caña corta. El color de las botas era indefinible, como si se hubiesen teñido varias veces y luego se hubiesen frotado con piedras, lija o cualquier material abrasivo.
En la parte de arriba llevaba una blusa corta de azul desteñido que no podía pasar de las caderas. De unas mangas hasta el codo salían unos brazos  blanquísimos y escuálidos que , sin embargo se movían con agilidad y precisión.
Me fascinó la posibilidad de llegar  a captar en un dibujo las contorsiones de búsqueda a través de los varios y profundos bolsillos de sus vestiduras.
A partir de ese momento tuve que imprimir velocidad a mis trazos.
El movimiento lento del peine, el lateral de unas gafas que presumí negras, un ligero abultamiento en donde deberían estar las nalgas.
Entonces se volvió completamente en busca del calor del sol, que le dio de frente.
La sesión de peluquería continuó a ritmo lento.
Las gafas estaban allí, tapando unos ojos que imaginé cerrados, el torso y la cabeza inclinados hacia atrás, la barbilla puntiaguda fuertemente iluminada acentuaba la hendidura flácida de la boca bajo una prominencia nasal de factura respingona, que en esos momentos, mostraban  en todo su esplendor los agujeros de la nariz.
El par de perchas que me había enseñado de espaldas eran las mismas de frente.
A la vez que intentaba captar la vitalidad de aquel esperpento , me preguntaba si debajo de la ropa sería todo huesos.
Guardó el peine tras sacudirlo de restos de cabellos. Se agachó sobre el bolso que desparramado en el suelo parecía aún más grande y sacó un platillo esportillado.
Esto me dio la oportunidad d dibujar el contraste fantástico entre la blancura de parte de los muslos con la oscuridad profunda de la parte delantera de la falda  que se plegaba sobre la acera.
Todavía estaba dibujando de memoria cuando sentí que me llamaba.
-         Sschiiss, tu. ¿Es que no piensas pagar a la modelo?.
Y , de nuevo, tuve que dibujar a toda velocidad.
Sentada sobre el cajón, las piernas abiertas, la falda un poco arremangada. Brazo izquierdo en jarras mientras con dos dedos como dos palos se levantó las gafas sobre la frente.
La mirada con que me fulminó tuve que dibujarla en otro sitio.


martes, 12 de marzo de 2013

María Dolores León "Cara y culo"


                                                   CARA Y CULO
                                                 María D. de León
                                                 Madrid, 14.03.13                                                             

           
            En el andén de  Callao las dos mujeres se despiden.
            -- Bueno Rosario, a ver si no vuelven a pasar cinco años.
            -- Eso espero Estrella. Un dia de estos te llamo y quedamos para tomar un te.
            -- ¿Lo puedo cambiar por un gin-tonic?

             Ríen.  Tras sendos besos se separan. La una, como todos los jueves se dirige a Ragtime,  la discoteca donde se reune con un grupo de bailones de su edad. Rosario encamina con languidez sus pasos  al Real. Se siente feliz. Hoy le aguarda una buena dosis de tristeza.  Madame Butterfly siempre la hace llorar. Antes de sumergirse en el regodeo de la pena que le espera dirige un pensamiento a Estrella: “Esta chica rehusa  admitir su edad y su volumen.  Se empeña en exhibir redondeces de morcilla de Burgos. Y encima el traje en ese color tan  discretito. ¿Y el pelo…?”  Siente  un escalofrío al imaginarse a sí misma teñida de bombona de butano. Pasa la mano por la corta melena de un honesto gris ratonil. La sonrisa en curva descendente aumenta la melancolía  del rostro limpio de afeites. De reojo  ve  su reflejo en una puerta de cristal. Le gustan los tonos apagados en la gama de los tierra y   prendas holgadas  que no la opriman. A veces sueña con la invisibilidad. Sería  maravilloso desplazarse sin  que nadie reparara en ella. Se avergüenza un poco por  haberse detenido tanto tiempo en su contemplación. Antes de volver a la problemática de la japonesa  de la ópera, dedica un último pensamiento a su amiga: “A pesar de todo la tengo mucho cariño . Es una excelente persona.”

            Estrella taconeando con brio balancea sus redondeces fajadas en un traje verde pistacho. Vuelve con la mente a Rosario: “Esta mujer cada vez la encuentro mas tristona. No levanta cabeza desde la muerte de Alejandro. Y tan flaca… Debe tener  una talla 36 pero se empeña en nadar en una  44.” Suspira con un momentáneo aleteo de envidia. De natural optimista enseguida se recupera: “Si  yo quisiera con un poquito de sacrificio usaría la misma. Después de todo  solo me separan cuatro números. Pero no me quiero arriesgar: a nuestra edad se nos plantea un dilema: cara o culo. Yo desde luego lo tengo claro: cara. Hay que ver la pobre Rosario que surcos tienen. Y mira que es buena persona. Le tengo mucho cariño.” Se para ante un escaparate. La sonrisa de satisfacción ilumina la faz de luna llena , tan tersa que ni el más aguerrido surco rompería la uniformidad.  El traje tampoco tenía la oportunidad de hacer arrugas.  Se adhería a su anatomía como una segunda piel,sin obviar michelines ni  el estómago tan desconsiderado,  desbordado sobre el vientre. Este era el único detalle que la incomodaba un poco. Contrae los músculos… Algo gana la silueta, pero a  los tres pasos desiste y abandona.  La contención le produce fatiga. Se consuela: “En la discoteca hay poca luz.” Se vuelve al oir su nombre. Era Marcelo, con su chaqueta turquesa: “¿Dispuesta a quemar la pista?” Lo encontraba algo bajito para su gusto, pero resultaba un encanto. Estrella le sonrie coqueta  atusandose la cabellera rojo-naranja. Acepta el  brazo que le ofrece  y ambos  risueños y satisfechos   se internan en el local donde ya suena el primer  pasodoble de la noche.